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Opción nº4

Mensaje por Invitado el Dom Jun 23, 2013 1:52 pm

Después de acabar con más de 200 tortugas y con su líder, continúas caminando por la Isla Pantano. Tras un camino bastante fangoso, te ves de frente con el majestuoso Río Amacdonalds. Este parece tranquilo, pero al otro lado, se puede ver como Leyla, la mujer serpiente, llora desconsolada, al parecer por un tema sentimental. Y encima tiene la regla... (que a las mujeres serpientes les viene por los ojos). ¿Necesitará consuelo o solo cargarse a alguien?

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Re: Opción nº4

Mensaje por Invitado el Lun Jun 24, 2013 7:00 am

Había pasado media hora desde que aquel capitán de barco había visto emprender el combate a Meliodas contra las tortugas, muchas habían terminado con su vida al borde de la muerte con un simple golpe, un puñetazo cargado de rabia de nuestro pirata al son que parecía bailar, las piernas se habían movido disfrutando de aquel momento. Tras todo el combate y terminar con su combate contra las numerosas tortugas, el joven de rubio cabello ladeó su rostro en señal de intentar divisar el barco con el que había llegado. Su sorpresa fue el no verlo, como si hubiera desaparecido, un misterio más en aquel lugar tan lleno de oscuridad; nunca llegaría a saber qué pasó con aquel barco y capitán mas su mayor preocupación llegaba en el crucial momento en que su mente pensaba en como regresar a su ciudad, un latente y penoso sentimiento le decía que no regresaría, que su vida se quedaría aferraba a aquella isla, que tenía hijos medio tortuga y que estos le llamaría “papatortuga”, un nombre horrible entre lo horrible.

¿Qué otra opción quedaba por hacer? seguir aquella isla, adentrarse con seguridad para ver si se hallaban otras personas a las que poder utilizar como medio de transporte; Meliodas era vil y cruel pues no gustaba mantener trato con nadie sin una buena razón, ya había perdido una tripulación en el pasado y no caería de nuevo en aquel estúpido sentimiento de quedar recluido, solo ante nadie y lleno de dolor por la pérdida de aliados y amigos. Las heridas de su cuerpo, la sangre brotaba con lentitud haciendo que sus brazos y ropa desgarrada por los numerosos mordiscos, cortes e impactos del anterior líder de las tortugas le dejara ver su aspecto como algo denigrante. El cuerpo de un muerto andante y agotado como ningún otro pues acababa de pelear contra enemigos veloces, letales, crueles y amantes de los caparazones. Dejando a un lado aquel estado de agonía y cansancio que le impedía poder correr o caminar ligero, Meliodas se adentró en el amplio lugar, una isla difícil pues el caminar entre fango le dejaba los zapatos al pirata envueltos en barro y suciedad que luego debería limpiar solo.

Solo, una palabra agónica que le hacía pensar en su pasado, en aquel tiempo donde su antigua tripulación disfrutaba de la vida, eran felices como nadie y sabía que nunca se alejaría de ellos. Un grato pensamiento triste pues encontrarse en aquella isla dejada de la mano de dios sin nadie con quien poder hablar o al menos sin saber con certeza que la mujer que había venido a ver se encontraba o no. Sus orbes rojas miraron al suelo, como si nada le importara, el viento fluía con lentitud pues la humedad del lugar evadía que los rayos solares se filtraran pues la niebla y la condensación creaba el ambiente tan tenebroso. Meliodas ladeaba el rostro de un lado para otro, melancólico, triste, taciturno y lúgubre, como si nada le importara, como si su mente se encontrara en otro lugar. El ajetreo de los árboles le envolvía en su pasado, en los días en que una ciudad cualquiera se podía convertir en un mundo de aventuras donde los miembros de aquella banda podían disfrutar, ser felices, robar o tan solo sentarse en un banco a pensar en la mejor forma de llamar la atención.

Buenos tiempos que fueron robados por la idea de salvar a ciertas personas recluidas en Tequila; el destino hizo que la muerte, la desesperación y la agónica imagen de ver como toda su tripulación eran brutalmente asesinados frente a sus ojos. Algunos muertos por disparos, otros desaparecidos y encontrados con sus cabezas clavadas en picas y por último su amada, la sub capitana de su grupo, la mujer que había ablandado la ira del dragón y última persona vida de su tripulación fue encontrada por Meliodas en una celda. Habían abusado de ella incontables veces y en sus últimas palabras antes de morir le explicó a Meliodas todo lo que necesitaba saber, palabras que sería expuesta en otro momento de la majestuosa y errada vida del pirata de rubios cabellos. En aquellos momentos en que su mente parecía estar absorta y alejada, sus ojos divisaron algo a la distancia, el olor a agua se figuró en sus fosas nasales.

Cabía destacar que no era normal pues en medio de una isla pantanosa el agua no debía ser potable o al menos poseer ese color tan cristalino que incitaba a lanzarse en lo más profundo. El agua fluía con lentitud, el río era majestuoso y limpio como si no fuese parte de aquella isla tan poco tratada y donde el tiempo le obligaba a ser un lugar poco turístico. Las orbes rojas de Meliodas se irguieron para disponerse a saltar al agua, las heridas le pedían limpieza y el dolor de piernas le obligaría a mantenerse en un lugar poco profundo, quizá la orilla donde estirarse, mirar al cielo y pensar en la mejor forma de salir de todos aquellos problemas. Sus manos se acercaron a su camisa blanca, prenda de ropa hecha añicos ya que el combate contra las tortugas le proporcionaron heridas y cortes que atravesaron la ropa con facilidad, era el momento de quitarse la parte superior del cuerpo para pegarse el baño tan anhelado mientras su mente ideaba la forma de escapar. Sin poder llegar al momento crucial en que los pantalones iban a ser el siguiente objetivo del pirata, el pirata con el torso desnudo pudo escuchar algo, un sonoro ruido semejante al llano de una dama.

Sus orejas no pudieron evadir el sonido pues cuando se quiso dar cuenta sus pasos le obligaron a caminar un poco más, sus ojos buscando la causante de aquel triste sollozo mientras sus armas quedaron junto a su camisa en la zona en la que se disponía a bañar. Antes de siquiera divisar a la persona buscada, su mente ya pensaba en la extraña presencia que notaba pues no era normal que una mujer se encontrara a salvo en aquella isla tan peligrosa. Al final la espera terminó dejando que el pequeño cuerpo de Meliodas llegara hasta la posición en la que se encontraba la dueña del lloro. Atónico, estupefacto, turulato, pasmado, boquiabierto y patidifuso, un sinfín de formas en las que Meliodas quedó al ver a tal sujeto. Una mujer verde, con cola y melean roja, en otras circunstancias hubiera corrido atemorizado como si hubiese divisado al mismísimo diablo mas en aquel momento sus pies no cesaron, su paso se acercó hasta la mujer que triste se encontraba.

Las lágrimas carmesís que se derramaban por sus ojos provocaron un sentimiento de tristeza en Meliodas hasta el punto de no poder evitar socorrerla, la preocupación y desconfianza no se podían encontrar en su mente pues lo que veía era una dama llorar. ¿Qué era lo más triste? Que aun cuando realmente era un monstruo de grandes proporciones, su cerebro le creaba la imagen de una dama llorando, desconsolada y sola, lo peor que se podía encontrar alguien en una desolada isla. Sus pasos se detuvieron a una corta distancia de un metro donde el pequeño pirata se acercó sin preocupación alguna mientras arrancaba un trozo de su pantalón, los bajos del pantalón podían servir para algo mejor que tapar las piernas del pirata. – Las lágrimas de una dama deben ser secadas antes de que se agoten – acotó el joven mientras terminaba su paso extendiendo la mano con el trozo de tela que bien la mujer serpiente podría usar como pañuelo-. Su pequeño cuerpo no se asemejaba al de un príncipe y las heridas que poseía su cuerpo mostraban que un nuevo combate lo matarían con suma facilidad. Pero aun cuando aquella mujer no fuese una delicada dama, Meliodas tenía unos principios que jamás dejaría correr, ante la visualización de alguien en soledad acudiría en su ayuda pues había algo peor que la muerte, peor que las heridas que poseía y era la soledad que inundaba los corazones.


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